Hoy no voy a escribir sobre lengua ni sobre literatura españolas. Hoy quiero contarte una historia y la reflexión a la que me ha llevado.

Días atrás estaba dando clase a unos alumnos del Year 11 (esto es, alumnos de 15 y 16 años). Tras darles los buenos días y hacer un ejercicio de calentamiento (utilizado para repasar rápidamente el vocabulario más importante visto en la clase anterior, así como la construcción de oraciones negativas en español), expliqué una nueva cuestión gramatical. Cuando finalicé esta, pedí a los alumnos que hicieran un ejercicio. En principio el ejercicio estaba pensado para que lo completasen en 12 minutos, pero educadamente me pidieron 3 minutos más. Perfecto. En 15 minutos comenzaríamos a corregir el ejercicio.  A los 10 minutos, tenía pensado desplazarme por la clase y observar cómo los alumnos estaban trabajando en el ejercicio. Entonces, Serena levantó la mano.

No habían pasado los 10 minutos aún. Me fui acercando a su mesa pues no quería que plantease su pregunta en voz alta. Ciertamente me sorprendió que pudiese tener una duda sobre el ejercicio dado su buen nivel en la asignatura. Mientras me dirigía hacia su mesa, pensé que quizás era alguna duda relacionada con el vocabulario. Mi sorpresa fue encontrarme con:

– “Miss. I am so sorry. The class is so quiet, and I don’t feel good. Could you play some background music, please? Please, Miss.” (Esto es: Señorita. Lo siento. La clase está demasiado tranquila, y no me siento bien. ¿Podría poner música de fondo, por favor? Por favor, señorita).

Intenté controlar mi expresión facial y, sinceramente, espero de corazón que lo consiguiese. Me quedé con la duda. Le pregunté:

– “Serena. Why do you need to listen to music now? It’s time to complete the exercise. I’m sure you know how to do it!”. (-Serena. ¿Por qué necesitas escuchar música ahora? Es hora de completar el ejercicio. ¡Estoy segura de que sabes cómo hacerlo!)

No pretendí en ningún momento cambiar de tema. Sabía que Serena terminaría contando lo que le pasaba pues ya llevo trabajando con ella como alumna unos cuántos meses. Ha reaccionado de esta manera en otras ocasiones. Después de unos segundos, suele comentar qué le pasa. No me equivoqué, afortunadamente. Serena contestó:

Miss. I hate the silence. (Señorita. Odio el silencio.)

Recuerdo que en el Reino Unido te diriges a los profesores como Miss, Ms (señorita), Mrs (señora) o Sir, Mister (señor). Y si recuerdas su apellido, lo dices tras esta forma de tratamiento. Jamás se llama a los profesores por su nombre.

Tomé aire mientras miraba a Serena a los ojos. La verdad es que ella tenía la cara tensa y apuesto a que estaba apretando sus dientes. Mostraba ansiedad, y no esa ansiedad que tenemos cuando no sabemos hacer un ejercicio, no. Era una ansiedad generada por el silencio. Mientras yo respiraba muy lentamente, Serena tenía una respiración acelerada e, incluso, ligeramente ruidosa. Por eso, la animé a que me imitase y tomase aire muy lentamente. No las tenía todas conmigo y no sabía si eso iba a tener algún efecto. Aunque creo que fue más un impulso que una orden de su cerebro; fuese lo que fuese, Serena comenzó a imitarme.

Mientras ella iba respirando, me fijé en sus manos. Pasaron de estar entrelazadas a estar separadas poco a poco. No las llegó a poner en ningún momento estiradas sobre la mesa. Además, previamente sus dedos tenían un ligero temblor, el cual desapareció progresivamente.

Inspira, mantén, espira.

Repite.

Inspira, mantén, espira.

Tan solo tres respiraciones pausadas fueron necesarias. Puede parecer, por la velocidad de la historia, que esto tomó mucho tiempo y nada más lejos de la realidad. Cuando Serena finalizó sus respiraciones, me dijo con una cara relajada y unos ojos, por fin, con el mismo brillo que habitualmente:

Thank you very much, Miss. I really appreciate your help. (Muchas gracias, señorita. Realmente aprecio la ayuda)

Tras esto, la clase continuó sin incidencias. Volvió a repetirse ese silencio cuando los alumnos tuvieron que hacer otro ejercicio. Percibí de nuevo la tensión en la cara de Serena. Me miró y le contesté con una sonrisa mientras asentía con la cabeza. Supongo que entendió el mensaje, ya que vi como cerraba los ojos y comenzaba a concentrarse en algo bastante poderoso: su respiración. Sucedió lo mismo que anteriormente.

Al salir del centro, comencé a recordar lo que había vivido en esa clase. Lo que le había pasado a Serena. Reflexioné en voz alta:

– “Sufrimos demasiada ansiedad y angustia hoy en día. Quizás es el momento de mirarnos hacia dentro un poco más”.

MI REFLEXIÓN

¿Y qué quería decir yo en ese momento? Veréis: es cierto que tenemos miedo a determinadas situaciones que podemos llamar retadoras: una entrevista de trabajo, una conversación un poco incómoda con el compañero de trabajo con el que tuviste un malentendido ayer, una discusión con tu pareja, un mal comportamiento de tu hijo… ¿Por qué tenemos miedo? Normalmente, por un posible fracaso o por un cuestionamiento de tu valor como profesional, como educador de tus hijos, como hijo, como padre, como amigo, como compañero… Sin embargo, es curioso como este miedo siempre es mayor cuando el cuestionamiento viene de uno mismo que cuando viene de otros.

Cada segundo que pasa nuestro cerebro está juzgando, de manera inconsciente en muchas ocasiones, todas las decisiones que estamos tomando y sus resultados. Pero nuestro cerebro es inteligente, y tan solo nos recordará las decisiones y los resultados que le parecen más importantes: sean estos buenos o mejorables. No obstante, no hay duda de que nos traerá a la memoria muchas más veces aquello que podemos mejorar que aquello que hemos hecho bien (de acuerdo a su criterio). Todas estas sensaciones (resultados de juicios inconscientes o no) has de experimentarlas, has de encontrarte con ellas y has de saber dialogar con ellas. No te las cuestionará nadie, puesto que te comentaran que son normales. Pero si a ti te causan incomodidad, seguro que estarías interesado en saber la causa. ¿Cómo se pueden manejar estas sensaciones? Desde la aceptación y en silencio. En un silencio que compartirás tú contigo mismo. En un silencio que es tremendamente incómodo. En un silencio que asusta mucho, porque te estás enfrentando con la versión de ti mismo que actualmente tienes en tu vida y con la versión de ti mismo que tenías en algún momento de tu pasado. Todo ello, lo combinas con esos objetivos que tienes y lo que quieres (o te gustaría) llegar a ser. Estas comparaciones nuestras con nosotros mismos, que deberían ser por otra parte las únicas relevantes para el individuo, pueden aterrar. Y ya sabemos que la procrastinación como sistema nunca ha sido buena compañera, y menos aún lo es cuando se trata de estar a solas con nosotros mismos.

Normalmente, cuando nos quedamos solos en nuestro coche, en nuestra casa, en nuestro trabajo… comienzan a aparecer, al cabo de un tiempo, pensamientos. Algunos son agradables y esos, en general, nos gusta recordarlos. Aún así, no sé si les prestamos la atención que deberíamos. Pero cuando ya comienzan a aparecer otro tipo de pensamientos menos agradables, ¡ahí sí que ya no entramos! Preferimos encender la televisión y ver un programa que ni siquiera nos interesa o poner la radio de fondo para escuchar al cantante que nos parece más insufrible. Cualquier cosa sin importancia es mucho más atractiva que prestar atención a lo que sí es importante. Preferimos llenar ese vacío que nos ha generado ese pensamiento desagradable antes que abrazarlo y preguntarle el por qué de su presencia. Qué quiere de nosotros.

 Pero afortunadamente llegará un momento en el que no tengas más remedio que prestar atención a eso que lleva siglos ahí, estancado y acumulado. Puede salir en cualquier momento, y ten por seguro que no te va a avisar. Porque los pensamientos son así de inoportunos: vienen sin haber sido invitados. Vienen en forma de crisis de ansiedad, ataque de pánico, pensamientos suicidas, autolesiones. En este momento ya no tengo seguro que vayas a ser capaz, justo ahí, de encontrarte con ellos, saludarlos, hablar y despedirte. En ese momento ellos, aunque sea por poco tiempo, habrán ganado y serán capaces de controlarte.

Por eso, creo que es bueno permitirse pequeños espacios de silencio para encontrarse con nuestro yo más profundo. Con esa cara de ti mismo a la que nunca quieres ver, pero que sabes que está y que está ahí. Con esa cara que es bueno que veas y que la mires a los ojos. Que le digas que la aceptas, que la respetas, que la entiendes. Con esa cara a la que le das las gracias por estar contigo. Con esa cara a la que le prometes que nunca la vas a dejar de cuidar. No me gustan los adverbios absolutos como siempre o nunca; por lo tanto, si aquí los uso creo que tienen su relevancia. ¿Por qué? Porque cuidar a esa cara que menos te gusta de ti, también es cuidarte a ti y también es decirte a ti mismo que, a pesar de todo, siempre vas a estar ahí para ti.

Y eso, sinceramente, creo que es una de las tareas más importante, si no la más importante, de nuestra vida. Porque principalmente nos tenemos a nosotros. Porque principalmente, tú te tienes a ti mismo. Y esto no tiene nada que ver con el egoísmo. Primero cuídate (en todos los sentidos). Después, ya viene lo demás.

Un saludo,

Puedes dejar tu comentario o escribirme un correo a belriesco@outlook.com . ¡Espero verte pronto por aquí! Ya sabes que, en una semana, vengo con una nueva publicación.

Letras en Español – Ms. Riesco Almeida©

4 comentarios sobre “¿Cuál es para ti la tarea más importante de tu vida?

  1. Gracias Belén Riesco.
    Siempre es muy reconfortante leerte. Nada como alguien que nos recuerde, con la maestría y dominio de las palabras, que tú tienes, que hay que parar, y que un ratito todos los días, debemos sentirnos el centro de nuestro universo particular, recordar quienes somos y lo que valemos, cuáles son nuestras ilusiones, cuál es nuestra esencia y descubrir en qué líquido esencial debemos mantenernos.

    Le gusta a 1 persona

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